Cualesquiera sean los días que transiten, así me pese el calor, me arrolle el frío o me diluvie las brisas estacionales puedo sentir tu hálito enredándose en mis pestañas. Las tocas como si fuesen nubes descendidas meramente para tu persona, las caricias que estampillan mi afecto hacia tu delicadeza, hacia tu ternura.
La recóndita mirada que me dilapida, desenfoca mis pies del eje, siento desfilar la vida sin relevancia del tiempo y lugar, viaja a millones de segundos cuando yo únicamente puedo inmovilizarme por minutos, horas, o hasta días, como una especie de conjuro hipnótico sin importar más que tu iris, alejándome de cualquier escenario. Posiblemente se ausculte cerca los latidos de miles colibríes, pero continua sin llamarme la atención, ni la melodía más cautivadora consigue sacarme de ese trance, que me sonroja con fervor.
Nutres mi desgarrada percepción de la vida, con un dulce sabor amargo que se depura en mis papilas siendo tan extrañas pero tan adictivas a la vez. El ámbar que yace en tus labios me llena los pulmones de flores, de vitalidad. Sos vitalidad.