Tengo desasosiego, me causa recelo que tus fanales finalmente se cieguen. Que la luz tenue de tus ojos, finalmente se extingan. Te siento tan lejano que no puedo siquiera imaginarte, de hecho no evoco como era esa voz que me hacía temblar, el susurro que emitía tu boca, las palabras justas e injustas que sustentaban aquello que creía unirnos. Tocar tus manos y sentir que me damnifican, que son tan impropias a mí, que en vez de resguardarme, me lapidan. Esos abrazos tan superfluos, tan vacíos, repletos de hastío, tan foráneos.
No más. No te reconozco, o no te conocía tan bien. Aquel amor hubiera terminado en caos, hay cosas que están decretadas desde su génesis, vos y yo no, forjamos algo que jamás triunfaría, desafiamos algo que desde el principio era terminal. Una fecha de vencimiento, una fotocopia mal hecha, una insuficiencia pasional, un cáncer, un tumor. Nos extirpamos.
Ver tus ojos y deducir que cada día un fragmento nuestro iba agonizando, desgastándose, extinguiéndose. Y sin embargo, cuando nos enfrentamos, nos miramos con congoja, por comprender aquello que nos condena, lo que es, de lo que nunca será, y por inercia aspiramos a consolarnos, aun esperanzados de que el amor que jamás vivió, nazca. Clemencia.
