sábado, diciembre 09, 2017

Vómitos del inconsciente

Oscuridad. Confusión. Lúgubre. Temeroso. Así comenzaba todo. Nico, de solo 10 años, me contaba que estaba metido en un ambiente tan feo como el ambiente que nos azotaba. Teníamos nuestras cosas ocultas de los demás, no sé qué había ahí. Nos quisieron robar un par de veces, pero eso no pudo pasar.
Comienzo a caminar por un camino más oscuro, entre más avanzaba más oscuro y sólo se divisaba una luz blanca, mis menos favoritas. Me topo con un par de personas desconocidas, nado entre ellas. Ingreso a lo que era la casa en donde residíamos con mi familia en unas ¿aparentes vacaciones?
Todo el ambiente era más macabro, la casa vieja, descuidada, abandonada. Mi habitación era una pesadilla. Una cama enorme, vieja, muy grande para mí. Diviso por la ventana a mi papá saliendo muy rápido con su camioneta. Pensé que era porque en el medio de la noche había dejado su vehículo mal estacionado. Error. En su velocidad lo cazan dos camionetas más grandes y de ellas se bajan muchas personas peligrosas. Peligro y desesperación. Realizo una llamada telefónica para calmarme. Me doy cuenta que estoy en movimiento, la casa donde habitaba comenzaba a trasladarse. Mi mente podía estar jugándome una mala pasada, una vez más. La voz del otro lado me calmaba, hasta que empieza a flirtear la llamada con otra voz, mi primo. Le respondo a él y su voz se torna distorsionada y maquiavélica. Grito. O no grito, porque mi voz desgarraba mi garganta pero mis cuerdas vocales no vibraban en lo absoluto.
Mi psiquis pierde los estribos y empiezo a desesperarme ante la inutilidad de pedir ayuda, auxilio. La puerta se abre. La luz de lo que más amo en este universo ingresa. No obstante, no era su luz. No era ella. Ocultaba algo detrás de su espalda. Desconfianza. Cómo alguien tan puro y hermoso me podía dañar. Y ahí me doy cuenta que no era ella, era algo que mutó su forma y se dispuso a atacarme con algo desconocido pero repulsivo. Una vez más me dispongo a gritar y no puedo. No puedo.

Desesperación. Caos. Una pesadilla que no quería derrotarme, ni exterminarme. Solo quería recordarme que el miedo está ahí instalado, en mi inconsciente. Una vez más, la mente es el arma más destructiva y letal.

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