lunes, octubre 24, 2011

Untitled #3

¿No ves que nada te dan? Nada, nulo, marchito, extinto, inservible, imberbe, muerto. Magnetismo por aquellas cosas que suministran una ínfima satisfacción por el terror de finalmente perder la psiquis, desviarse para perderse en una tupida floresta que repite su escenario una y otra vez, cual disco rayado y tupir por instinto los ojos en busca de respuestas que nunca brotarán porque jamás vivieron, nunca estarán por el simple hecho de eludirlas, de ignorarlas por recelo a fallar.
El frustrante encuentro entre lo que es y lo que nunca será. Percatarse. Razonar, asentir, negar. No. La libertad como único éxodo, la autonomía como llave a la subsistencia. Trepar hacia un infinito, nadar entre la multitud, pudrirse en las alucinaciones, sucumbir en la derrota. Congoja por la incapacidad del libre albedrio, miedo a poseerlo. Corretear con la muerte y el abismo, con frenesí por la libertad, con una mueca desdibujada, con un aspecto frágil irremediable sin retorno alguno, el cual expone la escuálida línea que separa la prudencia de la enajenación, y acrecienta la necesidad de consolidarse para determinarse(me). Eternamente. Días luminosos, lagrimas que nadan entre el delineador, disturbios cerebrales, menta, el céfiro, y yo (o lo que queda).


martes, octubre 18, 2011

Noches Blancas - Fedor Dostoiewski

Me recuerda a una de esas muchachas endebles y enfermizas a las que a veces se mira con lástima, a veces con una especie de afecto compasivo, y a veces, sencillamente, no se fija uno en ellas, pero que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, sin que se sepa cómo, se convierten en beldades singulares y prodigiosas. Y uno, asombrado, cautivado, se pregunta sin más: ¿qué impulso ha hecho brillar con tal fuego esos ojos tristes y pensativos?, ¿qué ha hecho volver la sangre a esas mejillas pálidas y sumidas?, ¿qué ha regado de pasión los rasgos de ese tierno rostro?, ¿de qué palpita ese pecho?, ¿qué ha traído de súbito vida, vigor y belleza al rostro de la pobre muchacha?, ¿qué la ha hecho iluminarse con tal sonrisa, animarse con esa risa cegadora y chispeante? Mira uno en torno suyo buscando a alguien, sospechando algo. Pero pasa ese momento y quizás al día siguiente encuentra uno la misma mirada vaga y pensativa de antes, el mismo rostro pálido, la misma humildad y timidez en los movimientos; y más aún: remordimiento, rastros de cierta torva melancolía y aun irritación ante el momentáneo enardecimiento. Y le apena a uno que esa instantánea belleza se haya marchitado de manera tan rápida e irrevocable, que haya brillado tan engañosa e ineficazmente ante uno; le apena el que ni siquiera hubiese tiempo bastante para enamorarse de ella.