Descubrí que me encanta ir caminando a trabajar. O sea, de hecho lo odio porque eso significa que tengo que perder tiempo caminando, pero tiene algo hermoso: ir escuchando música mientras camino. Los autos pasan, la gente camina, las señoras hacen mandados, los viejos caminan despacio y yo me meto en el mundo de la música que físicamente me hace estar ahí pero espiritualmente estoy en otro lado. Es una des conexión, sentir la música, las letras, la melodía, los instrumentos con cada sentido. Con cada sentido, se siente tan real. Se transporta a momentos, a personas, a veces cuando las escucho de vuelta me hace acordar al simple hecho de ir caminando y mi única conexión con la tierra es la interacción entre los semáforos y mis ojos.
Gran terapia, el elixir de la vida, mi nafta diaria. Pequeños placeres que se mezclan con personas desconocidas que no saben que estoy en otro lado del mundo. Además me pasa algo muy curioso y es enamorarme en la calle o en el colectivo: sin duda una de las mejores sensaciones de la calle. Contacto visual, música en mi cabeza, contacto visual, hasta nunca. Sigo caminando, sigue sonando. Sigue sigue.
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